sábado, 26 de febrero de 2011

MARIANA ISABEL...


Escucha bien Mariana, voy a decirte algunas cosas que tal vez puedan servirte de algo cuando esos pequeños pasitos que hoy das se conviertan en pasos firmes y esa curiosidad que hoy reflejas en tus enormes ojos marrones sean la luz a través de la cual te abras paso en esta montaña rusa de emociones que los seres humanos solemos llamar "vida".


Lo primero que voy a decirte es que siempre fuiste una bebé querida. Desde antes de tu concepción ya eras amada y querida de todas las formas que puedas imaginar. Cuando tu madre nos dió la noticia de que tú ya estabas habitando en su vientre, yo sólo tuve que recordar aquella bebé de piel blanca y cabello oscuro que yo había tenido en brazos en varios sueños para saber exactamente que eras tú. Y ya desde ese momento, tus padres, tus abuelos, tus tíos-los de sangre y los que no-tus primos ya te querían. Por eso mismo Mariana Isabel, por eso mismo, es que tú jamás debes de renegar del amor. El amor es lo que te hizo estar aquí, entre nosotros, y a él siempre debes volver. Todo lo que te rodea, absolutamente todo, está impregnado de ese milagro. Ama, ama y ama, y no marques nunca las cartas ni desperdicies tu amor en cosas que no valen la pena. Tu amor siempre será tu mayor riqueza.


Sobre tu familia, bueno solo puedo hablar del lado de tu madre. Tienes una familia mestiza y de mucha, pero mucha madera fina. Llevas en tus genes la mezcla y el sabor de muchas partes del mundo. Por eso es que, aunque tengas piel blanca, seguramente bailarás tan bien los tambores de la costa y no tendrás ningún problema en abrazar y querer a alguien más oscuro, mas amarillo, más cristiano, judío o musulmán, o más pobre o más rico que tú. No entenderás como pueden existir en este mundo personas que discriminen a otras por cualquier motivo, y esa será la huella indeleble que siempre llevarás en tu rostro: la huella de la tolerancia y de aceptarnos todos como seres humanos, sin importar las diferencias superficiales que se puedan tener. Tolera siempre a los demás Mariana y nunca discrimines a nadie, sé una digna representante de tu estirpe.


Sobre tus abuelos maternos, te puedo decir que siempre podrás enorgullecerte. Aunque seguramente tu madre siempre te hablará de ello, yo solo voy a recordarte que llevas la sangre de una de las mujeres mas valientes que puedas conocer en tu vida. Seguramente sabes que me refiero a tu abuela Rosa. Y también eres descendiente en línea recta del Doctor Rodríguez, al cual seguramente te cansarás de manipular tal como lo hacía tu madre. Quiere a tus abuelos Mariana, y aprovechalos todo el tiempo que puedas. Ellos son tu conexión con ese pasado sin el cual no existiría el presente. Visitalos, quiérelos, amapuchalos y consiéntelos. Te aseguro que siempre serás la mejor medicina para cualquiera de sus achaques de viejitos. Reza por ellos, y guardalos siempre en tu corazón cuando ellos ya no estén contigo físicamente.


En el colegio sé aplicada, pero jamás dejes que te impongan lo que debes pensar. Aprende a tener tus opiniones y a hacerlas valer firmemente, pero con respeto a los demás. Aprende inglés Mariana, y después aprende un par de idiomas más. Convence a tus padres para que te dejen vivir algún tiempo en el extranjero después de graduarte de bachiller y antes de entrar a la Universidad. Necesitas ver mundo para expandir tu mente y abrir tus horizontes. Practica algún deporte en equipo, te enseñará compañerismo y disciplina. Corre, corre hasta que no puedas más, vienes de una familia de deportistas así que no tienes excusas. Lee mucho, lee todo el periódico, incluso lo que no te guste.


Respeta a tus padres. Quieren lo mejor para tí y aunque a veces no lo puedas entender, siempre estarán velando por tí. Considera que eres la primera, así que mientras tú aprendes a ser hija ellos aprenden a ser padres. Ni modo, es el karma del primogénito. Sé tolerante con tu papá cuando no te deje salir con el Fulanito áquel, o le ponga mala cara a Menganito. Entiende que él siempre te verá del mismo tamañito que tienes ahora, y que, de todas todas, él solo está aplazando ese momento inevitable en el cual, vestida de blanco y camino al altar de su brazo, le estarás rompiendo el corazón en mil pedazos.


Ama a tu país y trata de serle útil a tu sociedad. Siente el latido de tu tierra Mariana. Aprende a reconocer sus olores y sabores. Visita todas sus playas y sus montañas. Ahogate con su calor y diviértete con sus contradicciones. Críticalo todo lo que quieras pero no permitas jamás que nadie lo humille y lo pisotee. Sé una mujer patriota, no una patriotera. Aprende a reconocer lo bueno de afuera pero jamás lo utilices para despreciar lo de adentro. Si algún día tienes que partir, llevate un pedazo de tierra de acá. Descubrirás que siempre será distinta, no mejor ni peor, solo distinta, porque es la tierra de donde provienes y eso nadie lo podrá cambiar. Aprende el Alma Llanera y la Canción de Venezuela. Come todos los torontos que puedas, tienen el sabor de Venezuela en su corazón. Visita Playa Medina.


Quiérete y respétate siempre. Que nadie te diga que existe algo que no puedas hacer. Aprovecha el tiempo. Aprende de tu abuelo Nelson la alegría y el buen humor de un lunes por la mañana. De tu abuela Rosa la valentía de enfrentar la vida. De tu tía Raiza el celo en defender lo suyo. De tu tía Rina la amabilidad con todo y con todos. De tu tío Nelson la alegría y el desparpajo de la vida. Sé amiga de tus primos, especialmente de tu primo Daniel, tu más contempóraneo.


Sé amiga de tu madre. Te digo por experiencia propia que no hay mejor amiga que ella. Conviertela en tu confidente en todo y para todo. No le guardes secretos. Sácale buenas notas y pon cara de dramática cuando no hayas podido estudiar bien para un examen. Abrázala siempre y nunca dejes de pedirle la bendición. Cuando te enfades con ella no le grites. Toma su mano siempre, porque llegará el momento en que seas tú la que la tenga que llevar a ella. Dale nietos, serán su consuelo cuando ya tú no puedas cumplir el rol de la niña de sus ojos, aunque siempre lo serás, sin duda.


No fumes. Bebe alcohol aunque sin exageración. Disfruta tu adolescencia, será la mejor época de tu vida. No seas materialista y nunca humilles al que tiene menos. Haz amigos en todos lados. Come lo que te dé la gana. Defiende y cuida a los más desamparados. No hables mal de las personas. Ten valores y principios, y jamás los vendas por nada del mundo. Lee Doña Bárbara, no encontrarás mejor metáfora de tu país. Visita las Pirámides de Egipto alguna vez. Nos recuerda, como pocas cosas en la vida, lo grande y lo pequeño que somos, al mismo tiempo. Sé fanática del Magallanes. Es el equipo de tu abuela, de tu madre y de tu pueblo, y ningún equipo representa tanto la venezolanidad como él, a despecho de nuestros queridos caraquistas.


Y sobre todo, mi querida sobrina-ahijada, vive, vive mucho. La vida tiene altos y bajos, tristezas y alegrías, dolor y bienestar, lluvias y días soleados, amigos y no tan amigos, bondad y maldad, pero sobre todo eso, siempre estará el amanecer de cada día enseñando, a quien quiera entenderlo, que siempre es posible un nuevo comienzo, y que nada en esta vida es para siempre, o bueno, mejor dicho, casi nada es para siempre...


Porque el amor de tus padres y de tu familia hacia tí, sobrevivirá siglos y siglos, hasta la mismísima eternidad y mucho más allá..


Dios Te Bendiga Mariana Isabel...

viernes, 3 de diciembre de 2010

PEDACITO DE AMOR

Miró por enésima vez el reloj. Todavía no era hora. El tiempo pasa muy lento cuando lo que se requiere es rapidez. Para alguien como él, acostumbrado precisamente a todo lo contrario, a no tener nunca tiempo para nada, esta sensación de esperar es realmente extraña-¿Extraño? !Extraño es ese amor tuyo pana!!- le recordaba hace un par de días su compañero de trabajo Alejandro. Y no se equivocaba.

Siguió dando vueltas por su espaciosa oficina. Echó un vistazo a la ciudad que se reflejaba por la ventana. Observó el desesperante tráfico, propio de esa hora vespertina, y casi de manera inconsciente, se alegró de no estar allí atrapado a esa hora. De todas formas, un ejecutivo como él no puede ni siquiera soñar con salir de su trabajo cuando el sol está todavía tan brillante . Ese lujo se lo pueden permitir los mortales asalariados. No él. No el flamante Gerente Corporativo de la importante compañía internacional en la cual trabaja desde que era un simple estudiante.

Recordó su época de universitario. Tantos bochinches, sueños y amores. Tantas fiestas y alegrías. Inmediatamente cayó en cuenta que en realidad, todo eso podía haber formado parte de la vida de cualquier universitario, pero no la de él. Su recorrido por la Universidad fué de todo menos una fiesta. Siempre ambicioso, siempre estudioso, el único tiempo que no dedicaba a ser el primero de la promoción lo utilizaba en áquel restaurant donde fué mesonero un par de años, hasta que logró entrar en la importante compañía internacional como archivista. Y es que, a diferencia del resto de sus adinerados compañeros, el joven estudiante tenía que cubrir por su cuenta la media beca que tan generosamente le había otorgado la Universidad. Su padre hacía años que había dejado este mundo, y su pobre madre nunca estuvo en condiciones de ayudarlo, tan ocupada que estaba con su terrible adicción al alcohol.

No obstante, nunca se lamentó de nada de esto. En lo que a él concernía, siempre estuvo muy claro en lo que deseaba en la vida. Quería tener el mejor carro, la mejor casa, las mejores mujeres y la mejor ropa, punto. Si para eso hacía falta renunciar a las fiestas, a los amores universitarios, a los amigos, a la diversión y a todas esas tonterías que nada aportaban a su meta, pues se hacía y punto. No era nada tan complicado tampoco. Más de la mitad de sus compañeros universitarios verdaderamente lo odiaban, y el resto, sencillamente ignoraban a ese joven pretencioso, que utilizaba ropa tan barata y que se sentaba siempre en primera fila, sacando eso sí, las mejores notas de todo el aula.

La vida al final le dió la razón. Número uno de su promoción, fué rápidamente bombardeado por ofertas laborales de todos lados. Por cuestión de lealtad, pero también por el extraordinario salario que le ofrecieron, decidió permanecer en la importante compañía internacional donde empezó como archivista. Doce años después, ya con varios postgrados en su haber, con una cátedra en la Universidad y con un sólido prestigio profesional, estaba en la cúspide de su carrera. Vestía los mejores trajes, conducía los mejores vehículos y su casa estaba ubicada en uno de los lugares más exclusivos de la ciudad.

Volvió a mirar el reloj. No había caso. El mirarlo cada cinco minutos definitivamente no ayudaba a que el tiempo pasara más rápido. Un poco sorprendido, comenzó a notar ese nerviosismo propio que de un tiempo para acá lo invadía cada vez que se acercaba el momento de verla. Se rió para sus adentros. Decidió matar el tiempo bebiendo un trago del caro whisky escocés que le habían regalado uno de sus numerosos clientes. Al saborear el primer sorbo, se le vino a la mente el día de su boda. La espectacular Daniela, toda deseada y admirada. Cuando la vió entrar en la iglesia, vestida de blanco, precedida por un cortejo de 20 personas, supo sin ninguna duda que estaba presenciado el mayor error de su vida.

Daniela Van Bierden, una belleza de mujer, le había sido presentada por una compañera de la oficina en uno de los sitios de moda de la ciudad. Debió adivinar lo que se le venía cuando el primer comentario que le soltó, recién presentados apenas, era áquel que hacía referencia a lo decadente que se estaba convirtiendo ese lugar por el número cada vez mayor de "marginales" en el mismo. Pero el orgullo masculino, la vanidad de tener a ese portento de mujer al lado de él, le hizo olvidar rápidamente ese detalle, así como olvidar también el hecho de que la segunda pregunta que le hizo, después de conocerlo, fue preguntarle sin tapujos el monto mensual de su remuneración.

La farsa de matrimonio duró solo cuatro años. Después de ese período de tiempo, en el cual cada uno buscaba como hacerle la vida más imposible al otro, llegaron a la conclusión, de forma muy madura, de que al paso que iban terminarían uno en la cárcel y otro en el cementerio. Decidieron separarse y, claro, dividir todo aquello material que pudiera dividirse. Al final, y después de engordar las cuentas de varios bufetes de abogados, cada uno recuperó su libertad. Daniela se fue del país con el mismo novio que mantuvo durante todo el matrimonio, y él volvió a su antiguo penthouse, del cual, haciendo prudente caso de los consejos de sus abogados, nunca había prescindido.

Por fin el reloj parecía avanzar. Apuró el último trago de su segundo vaso de whisky y se dirigió al escritorio. Agarró su chaqueta de fina tela italiana y salió disparado hacia el pasillo de salida. Se despidió rápidamente de sus dos secretarias y les deseó feliz fin de semana mientras desaparecía detrás de las puertas del ascensor. Una vez en el vehículo, colocó su música favorita, se arregló un poco el cabello en el retrovisor y emprendió la marcha. Ya dentro de poco la tendría entre sus brazos.

Mientras el vehículo enfilaba en alta velocidad las avenidas de la ciudad, el corazón comenzaba a latir más fuerte. Las manos sudaban un poco frío. Recordó la primera vez que la vió. Allí conoció el amor a primera vista. Hasta ese momento, nunca creyó que tal cosa fuera posible. Ni siquiera sabía que era eso de amor. Su madre siempre fue una alcohólica, nunca pudo darle otra cosa que una leve sonrisa cuando no estaba ebria. Su padre solo le recordaba lo importante que era que sacara buenas notas en el colegio, eso sí, con una correa en las manos. Las mujeres que conoció anteriormente solo querían su dinero y él lo intercambiaba gustoso sólo por sexo. No tenía amigos, nunca le hizo falta uno.

Pero Andrea era diferente. Apenas la vió, supo que estaba irremediablemente perdido. Cuando le tocó la mano por primera vez, el corazón le latió tan fuerte que realmente le costó mantener la compostura que un gerente corporativo como él debe tener. No fué fácil conquistarla. De hecho, no estaba acostumbrado a ir detrás de ninguna mujer, pero con ésta tuvo que aplicar todo el manual de convencimiento para que ella apenas le dirigiera una sonrisa. Pero poco a poco se la fué ganando, hasta llegar a ese punto donde ambos se dan cuenta, de que uno no puede vivir sin el otro.

Comenzó entonces a imaginarse lo que haría con ella ese fin de semana. La llenaría de besos, de amor y de cariño. Ya había hecho reservaciones en un lugar especial que ella se moría por conocer. La contemplaría durmiendo a la luz de las velas, una de sus imágenes favoritas. La llevaría a comer a los mejores restaurantes. Le bajaría la luna si se lo pidiera.

Al lado de tanta felicidad, lo invadió también, el recurrente miedo de perderla algún día. De que ese amor se acabe. Porque en la vida, y él lo sabía muy bien, nada es para siempre. Sin embargo, siempre había escuchado que el amor verdadero todo lo puede, y en los ojos de Andrea, él veía, sin ninguna duda, amor sincero. Eso que nunca vió en los ojos de su madre, de Daniela o de ninguna otra mujer.

Aparcó el vehículo en el estacionamiento. Bajó a toda prisa y tocó la puerta de la lujosa casa. Una cara conocida le abre y saluda con un poco de desdén mientras le indica que ya Andrea baja. A los pocos minutos se escucha el taconeo de las escaleras, y él vuelve a sentir otra vez el corazón latiendo fuerte, las manos sudorosas y la boca reseca, pero ya no hay tiempo de nada. Una pequeña lágrima se escapa de sus ojos cuando los brazos de ella amarran su cuello y sus labios lo besan una y otra vez, al tiempo que pronuncia las palabras más hermosas que los oídos del exitoso gerente corporativo han escuchado en su vida:

-!Bendición papá!!!....


jueves, 2 de diciembre de 2010

BURLANDO AL DESTINO

Lo apretó fuertemente hasta casi romperlo. Caminó muy lentamente hacia el llamado "Mirador" del vecindario, se sentó en el borde del escalón y observó pensativa el atardecer que ya se venía. La ciudad entera se rendía a su mirada y la montaña lucía más verde que nunca, mientras el viento acariciaba suavemente su larga y despeinada cabellera. Una pequeña lágrima, casi imperceptible, recorría una de sus oscuras mejillas.

Ya no se acordaba de cuántas veces había temido este atardecer. Aunque la mayoría de su familia y de sus conocidos se habían cansado de repetirle que se olvidara de eso, que esas cosas no pasan. Ella siempre tan terca, siempre tan fastidiosa, insistía que sí, que era posible que algún día, todo eso podría suceder.

En su pequeña casa, una humilde estructura de cuatro paredes con techo de zinc, encaramada en el punto más alto de uno de los tantos cerros que bordean la ciudad, no había tiempo para atender las locuras imaginativas de la pequeña niña. Una madre solitaria, con cinco bocas que alimentar, no puede darse el lujo de estar escuchando tamañas tonterías. Saliendo de madrugada, limpiando dos casas de familia y una oficina por día, y regresando muy tarde en la noche, después de subir no menos de 500 escalones, la laboriosa señora no tiene tiempo de escuchar las visiones ni los cuentos de su hija más pequeña.

En su destartalada escuela, una pequeña casita un poco más grande que el resto de los ranchos que pueblan su vecindario, hace ya mucho tiempo que la soñadora joven es la única que asiste regularmente a la clase nocturna de la profesora Tibisay. El resto de los jóvenes hacía ya mucho que abandonaron las fórmulas matemáticas por las pandillas, las rumbas y el trabajo. La joven maestra la mira siempre con una mezcla de admiración y tristeza. Admira su constancia y ganas de estudiar, pero siente tristeza ante todas las limitaciones que el entorno le coloca a su aplicada alumna. Aún así, ella siempre se las arregla para aprobar con notas sobresalientes todas las materias que puede presentar, aunque eso no le vaya a servir para mucho claro. En ese barrio, la única forma que se tiene de salir de él es muriéndose. No hay otra.

En su sitio de trabajo, Titina, su compañera y amiga inseparable del barrio, trata de animarla para que se olvide de esas locuras que llenan la cabeza de la compinche. Desde que comenzaron a trabajar en la calle, primero pidiendo limosnas cuando eran más niñas, y luego, cuando ya no se tiene la inocencia de la infancia para subyugar la conciencia de las personas, vendiendo periódicos en una esquina, siempre actuó de manera extraña, nombrando lugares que ni sabía donde estaban, hablando de viajes que nunca había hecho, y mencionando personas que vaya usted a saber donde las conoció. Lo que era peor, es que no disfrutaba del reggaetón y jamás quiso acompañarla a las fiestas semanales de su primo, donde habían tantos tipos con quién bailar.

Josmar, su amigo de toda la vida, la ha escuchado siempre. No entiende muy bien la mayoría de las cosas de las que le habla, pero su cariño y lealtad siempre lo mantienen junto a su incomprensible amiga, a pesar de las burlas de los amigos. Siempre le ha parecido extraño esa manía de estar pidiendo libros usados y revistas viejas en su cumpleaños o navidad, en vez de aprovechar las dos únicas oportunidades que te da la vida de recibir algo, para pedir ropa de moda o zapatos de marca. Ni siquiera aquella vez que tuvo que caerse a golpes para defenderla del grupito de malandritos que quisieron quitarle uno de esos aburridos libros, el cual ni siquiera estaba escrito en el idioma que habla, Josmar pudo entender como un ser humano en esta vida puede perder tanto tiempo leyendo unas letras tan pequeñas que ni siquiera de beisbol hablan.

Ella vuelve a apretar con todas sus fuerzas el pedazo de papel que tiene en la mano. Otra lágrima se escurre por su mejilla cuando vuelve a ver, por enésima vez, el pedazo de papel que tiene sostenido. Incrédula, repite en voz alta, una y otra vez, su apellido y su nombre, escrito al lado de muchos otros, en una larga lista aparecida en el periódico de áquel inolvidable día.

Vargas, Julia. No había duda. Era ella. Su número de identificación lo certificaba. No podían haber dos. Desde que abrió el periódico a primera hora de esa mañana, supo que su vida había cambiado definitivamente. Su madre no tenía razón. Su adorada maestra Tibisay también se equivocaba y la pana Titina tendría que ir a más fiestas sin ella. Lo había logrado. Su nombre estaba allí, al lado de muchos otros jóvenes y no tan jóvenes, admitidos para el nuevo año académico en la mejor Universidad del país. Sus sueños, sus metas y su esfuerzo estaban ahora publicados en un pedazo de papel, que ella aferraba contra sí como si su vida dependiera de ello.

El Sol busca por allá más tierras. Es hora de descansar. La ciudad y el barrio de Julia poco a poco se van oscureciendo. La joven respira hondo, se pone de pie y observa a su alrededor, con aire triunfante y ojos brillantes. Su semblante es ahora el de otra persona, muy distinto al de la joven llorosa que hace unos minutos se había sentado en ese mismo lugar, observando quizás el último atardecer en su barrio por mucho tiempo. El autobús a la gran ciudad saldrá en dos horas, y ya es tiempo de ponerse en marcha. Recoge su pequeño equipaje , lleno de ropa usada y algunos libros, y emprende su camino sin mirar atrás. Sin despedidas, sin buenos deseos, sin nada. Sólo el fiel Josmar la espera abajo para acompañarla a la estación.

En silencio, con paso firme y decidido, ella había burlado al destino.











martes, 30 de noviembre de 2010

DE LIMOSNAS Y QUERENCIA...(Versión fusilada)

El frío se extendía por todo el lugar. Los vientos soplaban fuertemente y la temperatura iba en franco descenso. Escuchó en alguna radio pórtatil que ese invierno iba a ser uno de los más fuertes en mucho tiempo. Esa noticia no le contentó mucho, máxime cuando acababa de quedar literalmente en la calle y no tenía ningún amigo cercano en 300 kilómetros a la redoma.

-¡¡Y pensar que en mi casa lo más frío que hay son los helados de fruta que vende el señor Flores!!-pensaba Alfonso mientras se cubría con los restos de algún periódico viejo en ese pequeño espacio del tren. El joven comenzó a recordar el cálido sol que bañaba regularmente su pueblo, la gente vestida sólo con pantalones cortos y franelillas. El olor de las palmeras mezcladas con la arena de playa. El tibio y verde mar en el que solía refrescarse de tanto calor en horas del mediodía. El cabello negro de Sofía.

Su leve ensoñación se vió interrumpida por el ruido del tren que comenzaba a partir. Lo esperaba un viaje de unas cuatro horas a esa lejana ciudad cuyo nombre no podía pronunciar. Sólo, sin equipaje, sin dinero y sin dignidad, Alfonso partía de lo que había sido "su hogar" en los dos años anteriores, totalmente derrotado. No encontró la fortuna que le habían prometido sus reclutadores. No iba a ser la famosa estrella deportiva que áquel señor con acento extraño se cansó de venderle a su padre. No habían grandes patrocinadores, ni la gente haría cola para que les firmara una foto.

Sólo hubo una desafortunada lesión, provocada por un rival de unos dos metros más alto que él y con 40 kilos de sobrepeso. A partir de allí, y luego de que el médico le hiciera un gesto a áquel señor con acento extraño, todo cambió para el joven. De repente, ya no tenía acceso a esa linda profesora que le enseñaba áquel raro idioma. Tampoco pudo seguir asistiendo a ese inmenso colegio con un jardín del tamaño de su pueblo. Sin saber muy bien por qué, el señor con acento extraño, que había sido como un segundo papá para él, ya no lo quiso más en su casa. Realizó una llamada y lo puso en el primer tren que salía esa noche. Le dió una dirección, un número de teléfono, unas monedas para comer y desapareció en la fría noche, tan rápido como había llegado, a su casa, a su pueblo y a su vida, hace dos años.

En el pequeño compartimiento del tren, evidentemente el más económico de todo el viaje, Alfonso trataba de conciliar un poco el sueño, pensando en el nombre y en la dirección de la persona que, según le habían dicho, se encargaría de ponerlo en un avión directo a su casa. Cansado, hambriento, con frío y completamente solo en un tren y en un país extraño, el joven soltó varias lágrimas pensando en cómo le había fallado a sus viejos, a sus amigos y a su pueblo. Él iba a ser el encargado de colocar a áquel pueblito costero olvidado de Dios en el mapa. Luego, con el dinero que seguramente ganaría, ayudaría a construir una escuela más grande, donde los alumnos de la profesora Ximena no tuvieran que preocuparse cuando lloviera por las goteras del techo, ni los pacientes que visitaban al doctor Pedroza tuvieran que rezar para que no faltara algodón en el consultorio médico.

Nostálgico, se acordó de que en las poquitas cosas que traía encima, se encontraba su armónica. Regalo de su padre cuando cumplió 7 años, Alfonso la conservaba como un tesoro. Aprendió a tocarla junto al músico del pueblo, Ermenegildo, con el cual se encontraba todas las tardes después del colegio, para tocar, en la orilla de la playa, y con las respectivas aguas de coco,todas esas melodías que sabían y olían a ese pequeño paraíso perdido en la costa venezolana.

Sin mucho pensar, y para escaparse un poco del hambre y del frío que hacía en el compartimiento, sacó su armónica y comenzó a tocar, una por una, todas esas melodías de mar verde, de palmeras gigantes, de empanadas de cazón, de vuelos de cometa. A medida que Alfonso tocaba, iba percibiendo como el hambre lo iba dejando tranquilo, y el frío retrocedía un poco, como si aquella melodía fuera capaz de hipnotizar incluso al más fuerte de los climas.

En eso estaba, cuando abruptamente entraron al compartimiento tres hombres adultos. Un poco pasados de bebidas, terminaron en ese lugar porque ya se estaban convirtiendo en un problema para el resto de los pasajeros. Los encargados de seguridad del tren, siempre celosos del orden, presumieron que el alegre trío seguramente se encontraría más cómodo en áquel viejo compartimiento, el más económico de todo el tren, y que en ese viaje en particular, sólo estaba ocupado por un joven mestizo que había subido en la última estación.

Al entrar, los caballeros, sin inmutarse por la presencia de Alfonso, siguieron apurando las numerosas botellas de vino y hablando en voz alta en ese idioma que el joven, mal que bien, pudo aprender a lo largo de dos años en ese frío lugar. Alfonso optó por subirse a la única litera que tenía el pequeño compartimiento, y, de nuevo, buscó conciliar un poco el sueño.

Pero los ruidos de los tres caballeros, con cada trago que ingerían, iba en aumento. Alfonso se comenzó a revolver insistemente en la cama, dando por sentado que en esas condiciones jamás podría descansar un poco. Esto continuo a lo largo de casi una hora, hasta que uno de los caballeros, reparando finalmente en el joven, le habló en tono casi inintelingible:

-¡Ey muchacho! ¿Quién eres tú y de donde vienes?- Preguntó el primer caballero, curioso del aspecto físico del joven, tan diferente al del resto de las personas de por esos lados.

Alfonso, un poco temeroso, se limitó a responderle que venía de un pueblito muy lejos de allí. Los otros dos caballeros se incorporaron y comenzaron a animarlo para que se les uniera y hablara un poco con ellos. El joven, titubeando un poco, saltó de la litera y se unió al animado grupo. Rechazó con cortesía el trago de alcohol que le habían ofrecido, sin embargo, comenzó , en el rudimentario idioma que había aprendido en dos años, a echarles todo el cuento de como había terminado en ese tren. Una vez terminado, los caballeros estaban profundamente conmovidos con el relato de Alfonso.

- ¡Este mundo está lleno de sinverguenzas!!- refunfuñó el primer caballero, con una expresión de rabia contenida.

- ¡No es justo lo que han hecho con este muchacho!!-dijo el segundo, claramente dolido..

- ¡Una historia lamentable!!- confirmó el tercero, chocando el vaso contra la mesa.

Después de contada la triste historia, y que Alfonso recibiera con mucho agrado un poco de pan frío que uno de los caballeros llevaba en sus bolsillos, otro de los alegres acompañantes reparó en la armónica del joven, por lo cual lo invitó a que les tocara algunas canciones, para pasar de manera más agradable el viaje. Alfonso, agradecido por ese pequeño pedazo de pan, que para él equivalía a un banquete, no lo pensó dos veces, y de manera inmediata, comenzó a tocar todas esas melodías con sabor a mar, olas y arena, caúsando el éxtasis en los conmovidos caballeros:

-¡Excelente melodía!!!- afirmó el primero.

-¡Extraordinario sonido!!!!- gritó el segundo.

-¡Sencillamente conmovedor!!!- asintió el tercero.

Y a medida que Alfonso terminaba una melodía y empezaba otra, los caballeros comenzaron a tirarle algunas monedas y billetes. El joven no entendió mucho al comienzo, pero no le desagradó la idea de tener algo de dinero para cuando llegara a su destino. Áquel hombre con acento extraño que lo había dejado abandonado en la estación del tren, sólo le dió unas monedas que le alcanzaron para un refrigerio y una botellita de agua, y no tenía por qué esperar mejor suerte con la persona que lo iba a montar en un avión de regreso a su tierra. Así que el hecho de tener un pequeño capital como ése que estaba consiguiendo por sus melodías, era dentro de todo, una bendición para él.

Así que, entre melodía y melodía, los caballeros realmente se entusiasmaron con el joven. Evidentemente influenciados por el alcohol, el parrandero grupo animaba una y otra vez a Alfonso a que continuara con su "concierto", mientras billetes y monedas iban de un lado a otro. Finalmente, después de un largo rato, el joven se vió obligado a parar. Sus pulmones tampoco eran de hierro. Un fuerte aplauso del trío con las consiguientes felicitaciones fueron el colofón perfecto.

Pasado el rato de éxtasis musical, Alfonso se despidió respetuosamente de sus nuevos amigos y , recogiendo su pequeña fortuna de billetes y monedas, les dijo que ya era hora de descansar, porque le esperaban unas horas muy arduas. Agradeció muy respetuosamente el gesto de los caballeros y se volvió a acurrucar en la pequeña litera.

Pero en realidad Alfonso no podía conciliar el sueño. Sólo contaba una y otra vez los fajos de billetes y las monedas que inesperadamente había recibido en ese momento. Con ellos, no llegaría con las manos vacías a su pueblo. Tendría algo que llevarle a su viejo y a su casa. No sería mucho, pero seguramente con ese dinero se podría comprar algo más en el mercado y tal vez ayudar en algo a la escuelita del pueblo. No todo era tan malo.

Una vez contado y requecontado el monto de dinero que había recibido, Alfonso ahora sí trató de conciliar un poco el sueño, ya más relajado y con menos frío que dos horas antes. Pudo percibir también, que los alegres caballeros ya no hacían tanto ruido, sino que conversaban a un nivel más bien bajo, aunque audible a los oídos del joven. Pudo escuchar de esta forma, que los caballeros estaban hablando de los distintos lugares que habían visitado en el Mundo, y en un momento determinado, se pusieron a hablar de Venezuela, diciendo y expresando toda clase de barbaridades y burlas sobre la tierra de Alfonso.

- ¡ Un país sucio!!!- Dijo el primer caballero...

- ¡Una nación salvaje!!!- Gritó el segundo...

- ¡Llena de ladr....!!!!- afirmaba el tercero...

Quiso decir "llena de ladrones" pero no pudo, porque un montón de monedas comenzó a caer encima de la mesa donde hablaban los tres caballeros. Éstos, impresionados y furiosos, dieron vuelta hacia donde estaba la litera, donde los volvió a recibir otro manojo de monedas y billetes, mientras que el joven Alfonso les decía:

- Por favor, no lo tomen a mal, pero aquí les devuelvo sus monedas y billetes..¡¡¡Yo no acepto limosna de quiénes insultan a mi Patria!!!...








jueves, 11 de noviembre de 2010

NOVIEMBRE...

Siempre me ha gustado el mes de Noviembre. A pesar de las frías y fastidiosas lluvias que caen por estos días, para mí no hay mejor época del año que cuando el calendario marca el mes once y se siente en el ambiente de la ciudad esa expectativa como de que algo extraordinario va a suceder, de que algo extraordinario viene. Creo que dicho sentimiento puede tener su origen desde aquella época en que, al mismo tiempo que uno se sacaba los mocos y los mezclaba con chupetas, esperaba el super y mega regalo que de manera consecuente, el generoso Niño Jesús colocaba religiosamente en el arbolito de Navidad de casa. Sin duda alguna, una de las mejores esperas de la vida.

Por supuesto, cualquiera diría, y con razón, que no se necesita comer mocos con chupetas para esperar algo extraordinario por estas fechas. Ciertamente, allí tenemos, sin ir muy lejos, las deseadas utilidades para los pobres y mortales asalariados, entre los cuáles me incluyo, cada día más golpeadas por la inflación claro, pero no por eso dejan de alegrar, así sea por unos cuántos días, a estos infantes contempóraneos.

Pero Noviembre también puede servir, una vez que uno está más crecidito, como una especie de espejo. Más exacto aún, como un espejo retrovisor. En esa manía que tenemos los humanos de contabilizar y encapsular el tiempo, este mes es propicio, como ningún otro, para ir soltando un poco el acelerador y empezar como quien no quiere la cosa, a reducir velocidad, un poco, no mucho claro, porque al llegar Diciembre el bólido de nuestra vida se desboca en fiestas y celebraciones, corriendo a 200 km por hora para llegar a esa especie de meta de carrera, llamado año nuevo.

Y es que esa mirada al retrovisor, por lo menos en mi caso, se hace necesaria. Ayuda a ver un poco el camino andado y a reflexionar sobre si se está o no en la ruta correcta. También sirve para recordar algunos lugares en los cuales hemos estado, personas con quien hemos compartidos, emociones con las cuales nos hemos encontrados y situaciones que no quisiéramos volver a repetir más nunca en la vida. Dicho con otras palabras, Noviembre es cómo una especie de noticiero nocturno, donde se pueden ver reflejadas muchas de las cosas, buenas o malas, con las que nos topamos inevitablemente en ese ring de boxeo llamado vida.

En mi noticiero-espejo se refleja de repente mi familia. Es la noticia de apertura. Es el principal camino. Entonces me entero con verdadero estupor que Mariana Isabel ya está para ser la campeona nacional de gateo de la categoría Sub-1. Y es que, tal como observo en el espejo,mi sobrinita-ahijada parece uno de esos robots que, al apretar el botón del encendido, se mueve por toda la casa sin ninguna dirección específica a una velocidad de vértigo. Increíble, sí hace poco estaba en la barriga de su mamá, y hoy ya está a punto de cumplir un año.

Daniel Alexander también cumple años dentro de poco y también aparece su imagen en el espejo. El futuro futbolista cada vez habla más claro y ya dentro de poco comienza su colegio. Dicen que está en la mejor época para un bebé y yo no lo discuto, y, es que, a sus casi 3 años ya, este pequeño hombrecito ha demostrado que no se necesita ser un adulto con nariz de goma para hacer feliz a una familia entera. Basta solo observar como le sonríe a la vida, para darse uno cuenta de que no puede existir problema o situación que no pueda resolverse.

El resto de mi familia todo bien. Los sobrinos mayores en plena "aborrecencia", con miradas lejanas y poses de fastidio cuando se encuentran con los mayores. Héctor Alexander con su patineta, Rafael Antonio con su fútbol y Oriana con su ballet. Tres caras de una misma situación. Y lo peor es que apenas comienza. Bueno, paciencia, no puede ser tan malo. Mis hermanos en lo suyo, trabajando y educando a la prole que perpetuará el apellido. Mis viejos, con sus achaques de edad, pero todo bien. Doña Rosa en su bingo y el Doctor Rodríguez en su Oficina. Ambos ya con esa mirada en el rostro de quien se sabe que ha aportado lo suficiente en la vida, y que, no obstante los altos y bajos de siempre, pueden mirar a cualquiera con la frente en alto.

En el espejo de Noviembre también se reflejan los amigos, los panas. Unos se encuentran bien, otros no tantos. Por allí están los ennoviados, los casados, los solteros y los divorciados. Los que están alegres, los que no lo están tanto. Bueno como siempre. Unos andan perdidos, otros aparecen y desaparecen. Unos han partido a otras tierras, otros lo están pensando. Unos cuentan su vida entera por Facebook, de otros no se tiene el mínimo rastro. Pero allí están, siempre pendientes de un encuentro, de unos tragos, de una conversación, de una jodedera, o de todas incluidas. El espejo de Noviembre sigue reflejando, y a Dios gracias, algunos buenos amigos, una de las cosas mas difíciles de encontrar en esta vida.

Noviembre también aúlla algunas penas. Mi pobre tierra cada día parece que se acerca más y más al despeñadero y no pareciera encontrar solución ni salida a esta especie de laberinto histórico en que se encuentra metida. No sé exactamente en que momento, pero me da la impresión de que lo ocurrido en los últimos años ha frustrado de cierta manera a toda una generación de venezolanos, entre los cuales tristemente, me consigo yo en primera fila. Pero como siempre se me enseñó, renunciar no es una opción. Y es que no existe ningún momento para el dejo, se debe caer peleando siempre, en cualquier circunstancia, así el marcador esté 0-8 en contra.

Pero al lado de las penas, Noviembre también refleja en su espejo una personita especial, de esas que te hacen levantar con una sonrisa cada día. Es un especimen raro claro, y no debe estar muy bien de la cabeza, porque eso de empeñarse en reflejar su imagen en mis ojos de verdad que amerita un examen siquiátrico. No obstante, ella ha insistido en caminar junto a mí de un tiempo para acá, y allí vamos, acompasando los ritmos, para ver si nuestros pasos llegan a ser uno con el tiempo. Por ahora, debo confesar que también a mí me encanta verme en sus ojos, y como no va a gustarme, si lo que veo en ellos me hace sentir mejor persona.

Y bueno, Noviembre también muestra muchas otras cosas: un Mundial de fútbol inédito donde he comprobado con absoluta certeza que no sé nada de fútbol. Y hablando de fútbol, el espejo me recuerda que ya son cuatro meses de mi "retorno triunfal" a las canchas, por supuesto, al lado de los achaques de rodilla y hombro, pero bueno, mi niño interior no sabe nada de dolores y médicos. Me muestra también que ya son casi cuatro meses sin encender un cigarrillo y que, por otro año más, sigo siendo un ciudadano de a pie. Noviembre me consigue con algunas deudas por pagar y sitios que no pude visitar. Noviembre me consigue sin Playa Medina todavía.

Seguramente el espejo retrovisor podría mostrarme muchas cosas más, pero el tiempo acecha y ya va siendo momento de volver a pisar un poco el acelerador y mirar el camino que viene. El camino que de verdad importa, y que se asoma en el porvenir. Ese que uno día a día tiene que forjarse porque, de verdad, no queda de otra.

Pero no obstante lo anterior, siempre se hace de cierta forma reconfortante poder observar ese pequeño espejo retrovisor, mirar el camino andado y, a pesar de todas las dificultades y malos momentos vividos, poder esbozar una sonrisa, totalmente convencidos de que, mal que bien, vamos por buen camino, aunque no se sepa exactamente cual es el destino final, y que después de todo, mucho es lo que tenemos que agradecer por tan solo poder respirar. Que se debe aprovechar al máximo los buenos momentos, los bonitos lugares y las personas especiales, porque, tal como dicen muchos sabios por allí, el camino no es tan largo como parece, y la vida se va en un santiamén.

Y porque nada es para siempre, ni siquiera la fría lluvia de Noviembre....












miércoles, 10 de noviembre de 2010

MÁS ES MENOS...MENOS ES MÁS...

Quién puede olvidar aquellas largas y tortuosas horas del colegio, cuando esa especie de Lado Oscuro de la Fuerza que eran los profesores torturaban constantemente a esos pequeños e inocentes niños que fuimos alguna vez con cuanta operación numérica existiera o dejara de existir. Sumas, restas, multiplicación, división, más sumas, menos restas, por multiplicas y entre divides. Todo un juego de palabras y números, sobre todo números, que en lo personal, no es precisamente de los mejores recuerdos que puedo guardar de mi infancia. O de hecho sí, creo que lo mejor de esos maratones numéricos era tal vez el timbre que, cual ruido celestial, lograba poner fin a esa pesadilla llamada matemáticas.

No obstante, y gracias a las muy bien planificadas y elaboradas estrategias de terrorismo maternal que, al lado de una felicitación y los regalos respectivos por una buena nota, colocaba un buen par de cuerazos si no se estudiaba, se pudo asimilar, aunque sea a la fuerza, los elementos básicos de ese quitar manzanas y agregar peras que nuestras dulces maestras nos explicaban tan amorosamente en el colegio. Y sí, la ironía es algo que también se aprende con la vida, sobre todo al recordar a las cariñosas profesoras.

Pero en fin, cuando uno logra asimilar que una hora de números más otra hora de números equivale a dos horas de tortura consecutiva, y que tu hora de recreo menos la hora de castigo es igual a quedarse sin recreo, es entonces cuando ese más y menos, menos y más, comienza a tener sentido, y, por supuesto, a ser un objeto de preocupación en tu incipiente vida. !!!Bienvenido al sube y baja del más y menos, del menos y el más!!! deberían decirte en las aulas escolares.

Claro que, como todo sube y baja, a veces resulta engañoso. De hecho, las odiadas matemáticas te dicen que todo lo asociado al más (+) es positivo, mientras que lo referido al menos (-) es negativo. De buenas a primera entonces, pareciera que, al realizar la extensión de esta regla a la vida común, todo lo que sea "más" es lo bueno, lo agradable y deseable, y todo lo relativo al "menos" es lo que se debe evitar, porque eso implica lo negativo, lo no deseado ni querido. No obstante, la Vida, esa maestra un millón de veces "más" sabia que las que pudiste tener en el colegio, y que todavía te sigue enseñando con paciencia, se encarga de demostrarte que no siempre es así. Que las líneas a veces se cruzan y que el mar en algún momento cede espacio a la tierra. Y es que a veces, más es menos, y menos es más.

Este Noviembre de 2010, antesala a la parranda y al bochinche de "bebiembre", me encuentra una vez más frente a esa lección de vida que desmiente, de manera tajante, esa falacia matematica que dice que todo lo referente al "más" es lo positivo, y lo referido al "menos" es negativo. En mi caso, tal como debe suceder con muchas otras personas, el más frecuentemente es menos, y el menos es más.

Noviembre me consigue, por ejemplo, con más trabajo. Sí, nadie dice que el trabajar sea malo ni nada que siga alimentando la conseja popular de que el venezolano es flojo. Sólo digo que por circunstancias gerenciales, ahora realizo el trabajo que dos semanas antes se repartía entre cinco personas, porque a alguien con mayor poder de decisión se le ocurrió que yo era lo suficientemente competente para hacer eso e incluso más. El resultado: menos tiempo para compartir con los seres queridos. Ejemplo claro de que no siempre "más" es igual a positivo, como dicen los matemáticos. En este caso, más termina siendo menos.

Noviembre también me consigue con más años, lo que se traduce necesariamente en menos salud. Y es que sin lugar a dudas, ya he roto mi propia marca personal de visitas médicas en los dos últimos meses, y entre la rodilla izquierda y el hombro derecho, me han hecho pasar por más consultas, rayos X, resonancias, inyecciones, citas y salas de espera que en los diez años anteriores. Y todavía no termino. Hasta una posible cirugía se asoma por allí. Ni modo. ¿mis estimados matemáticos seguirán diciéndome que "más" es positivo?.

Sin embargo, la ecuación también se invierte. El úndecimo mes del año me consigue con menos libertad también. Y es que ya son ocho meses de decir adiós de manera formal a la soltería empedernida y libertaria en la que me encontraba. No obstante, ahora tengo mayor amor y compañía a mi alrededor, y a pesar de dejar casi en el olvido mis maratones de fútbol televisado los fines de semana por piñatas, cumpleaños, parrillas y eventos "familiares", en este aspecto de mi vida, puedo afirmar que menos ha significado más.

Y así vamos. Juego más al fútbol ahora pero mis rodillas me hacen correr menos. Tengo menos dinero que antes pero ahora hay más conciencia de como utilizarlo. Descubro que mientras más pasa el tiempo, menos amigos quedan. Compruebo que utilizando menos hojas, se conservan más árboles. Verifico que a más años, menos son las peleas familiares y que a menos rumba, cerveza y trasnocho, más distancia se recorre cuando se baila con fantamas. Y claro, la típica: a más cumpleaños y navidades, menos años por vivir.

Por allí dicen que en la vida de todo se puede aprender. Pues bien, más allá de la existencia o no de esa especie de pequeña paradoja donde lo más es lo menos, y lo menos es lo más, parece válido comprender algo de las muchas lecciones que se podrían sacar de esta pequeña "aberración matemática", por llamarlo de alguna forma.

De buenas a primera, lo evidente es que las matemáticas podrán ser útiles para resolver innumerables cosas, pero su exactitud seguramente no te sacará de los verdaderos problemas que tengas que afrontar en la vida, que son esos que te sorprenden un martes a las 5 y pico de la tarde.

Sin embargo, Lo principal que se me ocurre en todo caso, es recordar ese empeño que tenemos los seres humanos por manejar y controlar absolutamente todo lo que nos rodea, de manera similar a cualquier fórmula matemática, donde todo deba ser exacto y perfecto y el resultado venga incluso con decimales. Donde 2+ 2 siempre dé 4, así se realice la suma 888.888 veces. La Vida, la gran maestra de todo, se ha encargado de demostrarnos una y otra vez que esa fórmula no siempre es exacta, así como que no siempre "más" es positivo y "menos" es negativo.

Y es que, lo que en ciertas ocasiones puede parecer algo no tan bueno al principio, puede terminar formando parte de las mejores cosas de tu vida. O viceversa. Algo que parece que te limita, al final te hace la persona más libre del mundo, o aquello que siempre pensaste que te llenaría, es lo que más vacío te deja. 2+2 no siempre es 4. Lo importante en todo caso, es convencerse de que no todo en esta vida puede estar bajo nuestro absoluto control y que, paradójicamente, esa es la mejor parte del asunto, aunque no lo entendamos al momento. Creo que ese es el gran aprendizaje que un mortal como yo puede sacar de esta partícula de conocimiento del denominado "idioma de Dios".

Entonces, queda claro que no perdí completamente mi tiempo ni mi viejo su dinero cuando asistía a mis clases de matemáticas. algo aprendí de todos esos números, operaciones, reglas, ecuaciones y similares. Claro, ese aprendizaje no me dió ningún 20 en la materia ni ningún diplomado en áreas científicas. Pero es que, hablando en confianza, no hay mayor anticientífico que yo. ¿Como podría yo luchar contra mi naturaleza?

Lo que sí es cierto es que, a despecho de mis adoradas profesoras de matemáticas, en lo que a mí respecta, todas estaban equivocadas: 2+2 no es siempre igual a 4, ni 8+2 es igual 10.Así que trataré de andar por la vida haciendo o intentando hacer operaciones imposibles, donde 1+4 sea igual a 27.784, o 7-5 sea igual a -47....o perdón, en lo que me queda de vida, porque, claro, a más horas vívidas, menos horas por vivir...

Y es que, tengo la leve sospecha, que en este mundo, con mucha más frecuencia de lo que uno piensa, más es menos, y menos es más...









lunes, 2 de agosto de 2010

MI ENCUENTRO CONMIGO


"Mi Encuentro Conmigo". Ese es el título de una muy buena película de Disney donde la trama gira en torno a un exitoso pero superficial ejecutivo (Bruce Wills) al cual se le aparece de la nada su niño interno, el cual no entiende muy bien como es eso de que su yo del futuro no tenga ni siquiera un perro llamado Chester, mucho menos que no tenga familia ni novia.

Parece difícil que no exista persona alguna que no se haya identificado en algo con este simpático largometraje. Es que seguramente, todos tenemos latente ese pequeño niño interno allí, viviendo y respirando con nosotros, sorprendido a más no poder por ese giro tan brusco que en determinado momento de su vida, sufrió su mundo de juegos y risas.

En mi caso particular, ese pobre niño interno debe estar a punto de levantarme ya demanda ante alguna Corte Internacional por incumplimiento de casi todas las promesas y sueños que él mismo concibió, mirando al techo y enfundado en su pijama de carritos rojos y azules en cualquier noche de insomnio infantil, cuando la imaginación y las ilusiones formaban parte permanente del acontencer diario, tal como lo eran el colegio, los amiguitos y los chocolates.

De esta forma, mi niño del pasado concebía para el hombre de hoy infinitas vivencias y experiencias. Pero es que ese niño era osado, viéndolo en retrospectiva. Para él no había límites. Y lo mismo daba ser el primer astronauta venezolano en pisar la Luna o bien ser el gran científico que descubriera la pócima mágica para eliminar la pobreza y el hambre de todos esos niños que Doña Rosa mencionaba al mediodía cuando uno no quería comerse la comida.

Pues bien. Si hoy se me apareciera ese niño del pasado, seguramente se pondría peor que el niñito de la película. No sólo no hay astronauta ni científico, tampoco hay jugador famoso de fútbol, veterinario, bombero, piloto de avión o nave espacial o viajes alrededor del mundo en gigantescos globos aerostáticos. A su alrededor solo hay contratos, oficinas, horarios, reuniones, fianzas, cuentas por pagar, inflación, más cuentas por pagar, mucha gente seria y... más contratos.

Ese pobre niño interno de verdad creo que lloraría a más no poder al ver en que se ha convertido todo ese mundo de ilusión que él religiosamente concebía noche tras noche, acostado en su cama infantil. Casi puedo escucharlo preguntado a gritos: "Pero !!!¿Por Qué????!!!" cada vez que yo intentara explicarle las razones de tan dramático cambio en su vida. Y es que no es para menos su pataleta: su yo del futuro casi casi se ha transformado en todo aquello que él siempre se prometió que no iba a ser: un hombre adulto.

No obstante, ese niño interior mío es fuerte y no se rinde. Desde la pequeña parcela que habita, hace todo lo posible para mantener despierta en mi interior, esa tenue lucecita que pueda, en toda esa maraña de seriedad que se nos impone en la vida adulta, mantener iluminado un pequeño caminito por el cual llegar, de vez en cuando, a ese encuentro con el pasado, con la diversión, con las ilusiones, con los viajes intergalácticos, con los superhéroes y con los refrescos de colita.

Uno de los caminos mas eficientes que encuentra mi niño interior para llevarme a ese mundo olvidado, es sin duda áquel que transita por un terreno rectangular de 105 x 67 metros, con un balón en el medio de la cancha, y 22 jugadores pateando el mismo. Allí, en el devenir de un sencillo juego, se produce de manera inmediata ese viaje al pasado, al mundo de helados y parques, de maestras y compañeros, de pupitres y taquitos. Es en esos instantes, donde mi niño interno más contento y alegre se encuentra. Es allí donde lo invade la esperanza de que no todo está perdido. Es allí cuando contempla a su yo del futuro tan alegre y sonriente como solía serlo él todos los días de su vida, y le parece que casi casi ya hay que sacar los carritos y los robots de la caja de juguetes, porque los tiempos de soñar con lo imposible están de vuelta.

Hace casi dos semanas estuvimos de cumpleaños, otra vez, mi niño interno y yo. A pesar de todas las sinceras y agradecidas felicitaciones que uno recibe ese día, el mejor regalo que ambos pudimos tener fué la invitación que nos hizo uno de los tantos panas que llamaron ese día, para ver si nos interesaba formar parte de un equipo de fútbol que se estaba organizando. Por supuesto que yo no pude ni siquiera responder. Allí mismo saltó el carajito interno mío y dijo que claro, por supuesto podían contar con nosotros. Con el ya no tan joven cuerpo del yo adulto, pero con todas las energías e ilusiones del niño interno acompañando.

Así llegó el día acordado para acudir al entrenamiento del novel equipo. Con el niño interno obligando al yo adulto a levantarse a las 6 de la mañana un domingo porque había que estar listo para la hora pautada. De nada valieron las explicaciones del yo adulto de que solo se trataba de una práctica donde seguramente todos los jugadores estarían, al igual que nosotros, en evidente falta de forma física y futbolística. Pero ese muchachito no atendía a razones. Para él, ese momento equivalía a aquellos cuando jugaba en su querido Deportivo Agustinos y cada viernes en la noche, sacaba su entrañable uniforme azul y lo colgaba en la pared para quedarse dormido contemplándolo.

Una vez en el destartalado campo, y mientras el yo adulto comprobaba con absoluta certeza su inequívoca falta de forma tanto física como futbolística, el niño interno se dedicaba a patear, a correr detrás del balón, a recordar los mismos olores de grama mezclada con tierra que siempre percibía en cuanto campo de fútbol pisó. Inmediatamente, el niño interno se colocó al mando de la situación, y gracias a su memoria del juego, pero sobre todo a sus ganas, llamó la atención del entrenador, el cual lo seleccionó, de buenas a primeras, (y por ahora claro) como su volante titular de contención. El trabajo estaba hecho, dijo el yo adulto. La diversión está de vuelta, gritó emocionado el niño.

Por supuesto, el precio para el yo adulto, además de la cuota mensual que hay que cancelar para la compra de uniformes, pago de entrenador, alquiler de canchas, y cuantas cosas necesita un equipo que apenas está surgiendo, fue una semana de intensos dolores musculares y una inflamación en la rodilla izquierda. Pero claro, esto no significa nada en el mundo de los sueños y las ilusiones. En ese mundo, no hay precio para la sonrisa ni para la diversión.

Así ya han pasado 3 semanas. Y el niño interno se emociona cada miércoles de entrenamiento físico y lo invade la emoción cada viernes en la noche (ahora la práctica de fútbol se cambió para los sábados). Casi que no deja dormir al yo adulto. El último fin de semana se jugó el primer partido amistoso y aunque el resultado no fue nada halagador ni para el yo adulto ni para el equipo en general, el niño interno ni se da por enterado. Para él todo es diversión y sonrisas. Para él lo importante es el ponerse unos shorts, unos tacos y unas canilleras y chutar balones cada fin de semana. A regañadientes entendió que esta semana deberá ausentarse de las prácticas porque los adultos y aburridos médicos recomendaron que sin descanso, su adulta rodilla izquierda difícilmente podrá disminuir la inflamación que tiene. Ni modo, habrá pensado él, todo sea por el juego.

Y es que lo verdaderamente importante en esta cuestión, no son las dolencias físicas del yo adulto, ni la evidente falta de forma y ritmo futbolístico de la mayoría de los integrantes del precario equipo, y ni siquiera el tener que pararse a las 6 de la mañana un sábado o domingo cualquiera.

Lo realmente relevante es poder comprobar como, durante 90 minutos y un poco más, áquel niño en pijamas de carritos rojos y azules, que miraba al techo cada noche y soñaba con su propio mundo de sueños, superhéroes e ilusiones, todavía hoy es capaz de tomar las riendas, y empujar a esa masa de músculos y huesos ya no tan jóvenes, a un campo de fútbol, para correr, gritar, chutar, ensuciarse, y sobre todo, celebrar, celebrar un gol, celebrar una buena jugada, celebrar una rabona, celebrar que estás vivo. Para llevarte y recordarte como era tu mundo, antes de que decidieras convertirte en el aburrido adulto que hoy eres.

Sé muy bien que áquel niño soñaba con mundos de astronautas, científicos que salvaran al mundo o bien viajes interminables a través de gigantescos globos aerostáticos. También soñaba con inmensos estadios donde fueran aclamadas todas esas maravillosas jugadas que tanto practicaba y hacía de vez en cuando en su extrañable uniforme azul.

Pero no obstante no poder ofrecerle nada de eso, sé que, por lo menos dos días a la semana, ese niño ríe y se divierte como nadie, y sonriente, me da las gracias una y otra vez, por darle la posibilidad de demostrar todo lo bueno que fuimos algún día, y todo lo bueno que podemos volver a ser.

Mi niño interno sonríe, y yo sonrío con él.